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El Weya-Weyá: costumbre, ritual y danza del carnaval zoque copainalteco

El Weya-Weyá: costumbre, ritual y danza del carnaval zoque copainalteco

Texto y fotos: Diego López

Esta es la leyenda de un hombre de las montañas, al que mediante un sueño Dios le dio la orden de llegar hasta un pueblo a pregonar que Jesús sería perseguido y moriría en la cruz. Fue justo ahí, durante su anuncio cuando se encontró con su mujer y sus dos hijas, éstas a punto de casarse. Así inició un ritual que al poco tiempo se convirtió en una danza, que al ser bailada advierte que el carnaval ha llegado.

Los antiguos zoques cuentan que el Weya-Weyá era una persona como cualquiera: tenía una familia, un trabajo y la felicidad que todo hombre desea. Pero un día todo cambió, pues al internarse en el bosque se le concedieron poderes sobrenaturales, se volvió amigo de los animales y quedó imposibilitado, por cierto tiempo, de regresar a su casa con su familia.

Es el Weya-Weyá, ser mitológico del pueblo zoque de Copainalá, un hombre legendario, único y diferente, con rasgos fuertes y rudos, que hace sonar su matraca, derribando árboles, cargando su morral, machete y un pumpo (lleno de miel para saciar su sed y llenarse de energía). Personaje que, sin dudar, ha dejado huella en estas tierras y que año tras año es evocado en su representación en la víspera del carnaval.

Que merodea en las montañas, que cuida de su gente desde donde está, que protege del mal, que se lleva a los niños que encuentra y que da poderes a la gente que lo toma de su mano. Muchas versiones hay sobre él y es cada año, antes del inicio de la cuaresma, cuando los preparativos para organizar la fiesta de carnaval nos recuerdan el valor cultural que tienen las tradiciones y costumbres del pueblo zoque de Copainalá.

El ritual

Costumbristas, mayordomos, albaceas, músicos y danzantes, inician la organización para la representación de la danza, que en un mismo día habrá de recorrer los principales barrios del pueblo como parte de la fiesta. Hombres y mujeres, desde ancianos hasta niños, todos por igual toman parte del trabajo que, aunque laborioso, tras su realización habrá de dejar gozo y alegría tanto para ellos, como para los espectadores.

Conseguir velas, buscar flores, comprar pan, preparar los tamales, alistar la ropa, encontrar la casa que los albergará, desempolvar la escopeta, afinar la flauta, escuchar que el tambor ofrezca un buen sonido, repasar los sones, elaborar el somé y preparar el cupsi, es pues, el ritual del Weya-Weyá.

Tal como lo dicta la tradición, son los albaceas y mayordomos zoques con mayor edad, quienes se dan a la tarea de realizar lo que ellos mismos describen como el ritual, son estas personas quienes se han convertido en fieles guardianes de sus costumbres.

Un día antes del anuncio del carnaval, los preparativos inician: los músicos llegan uno a uno y los danzantes que interpretarán los diferentes papeles de la representación ensayan para dar lo mejor de sí. En la velación, que este año fue el 18 de febrero, todos bailan, cantan, platican, comparten la comida, adoran la máscara del Weya-Weyá, encienden las velas e incienso y adornan con somés, viéndose de esta forma reencarnado el misticismo de sus antepasados.

Tamales, carne adobada, atol, café y cupsi, es lo que se acostumbra servir durante la velada, la cual se llega a prolongar hasta altas horas de la noche, pues, como dicen los conocedores de la cultura zoque “hay que evitar que los malos sueños o espantos no impidan que el intérprete del Weya-Weyá cumpla su misión.”

La danza

El domingo, muy temprano, todos se alistan para salir a danzar: preparan el vestuario, llenan el pumpo con miel, las canastas de palma con flores, cargan con el petate, la matraca y la escopeta. Y portando orgullo en el rostro, fervor en sus corazones y fe en el alma, todos juntos salen desde la casa del promotor para maravillar a propios y extraños.

El Weya-Weyá es el personaje central del baile, esconde su rostro tras una máscara que representa a un hombre rudo, cubriendo su cuerpo con un calzón de cuero y un cotón de lana de borrego. Lo acompañan su esposa, sus hijas (quienes visten con la ropa tradicional zoque y se cubren del sol con sombreros) y sus respectivos novios. Guiados por el dulce sonido de la flauta de carrizo y por las percusiones del tambor, van por las empedradas calles, pregonando a la gente el sueño del gigante y anunciando la llegada de la cuaresma.

Entre la algarabía, la celebración por vencer los obstáculos y entregar a sus hijas con quienes serán sus esposos, es tiempo de regresar por el mismo camino que lleva a las montañas, internarse entre los árboles para buscar miel, convivir con los animales, hacer sonar su matraca y vivir ahí, en lo más alto, lo más cercano al viento; pues un año más habrá que esperar para regresar y pregonar que el carnaval ha iniciado ya.

Historia que sigue vigente

La tradición oral ha permitido que la historia no se extinga, que la costumbre siga viva en los corazones de su gente, narración que iniciaron los antiguos zoques, testigos de los que hoy es leyenda. Es esa la epopeya del Weya-Weyá, que aún permanece en la memoria del pueblo zoque, que renace cada año y evoca de forma inmediata los tiempos en los en que se sitúa, para reconocer a una provincia de los zoques distinta a la de hoy, pero que, sin lugar a duda, no niega su origen. Este domingo 19 de febrero Copainalá fue testigo de esta representación legendaria del pueblo zoque maravillando a propios y extraños con una de las raíces que da identidad a Chiapas.

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